
¡Qué frío hace! No quiero levantarme de la cama. No quiero quitarme la ropa para ducharme. No quiero caminar sobre las baldosas heladas. ¡Quiero calefacción! Mi cuerpo se ha convertido en un cuerpo monoclima de 22 grados centígrados en baño, cocina, auto, oficina, patio y piscina, termostato digital sin fósforos ni chispero. Mi cuerpo se ha olvidado de aquellos inviernos modelo ‘70 de cinco cobijas en la cama y narices congeladas en el trayecto hacia la inocua explosión de encendido de la estufa Eskabe. Mi cuerpo también ha envejecido y, como buen árbol añoso, necesita tiempo para hacerse a un nuevo suelo. Ya no puedo, como antes, dormir en cualquier banco de estación y despertar sin más. El tiempo endurece la masilla y no es tan fácil amoldarse a la ocasión.
—Aquí no se necesita calefacción porque el adobe retiene la temperatura, dictamina Don José Dueño.
—Aquí no se necesita calefacción porque el adobe retiene la temperatura, dictamina Don José Dueño.
Y de tan pintoresco y tercermundista, el sistema le congela los pies a los gringos y las ganancias a la hostería.
Qué más da, qué más da, qué más da, me repito en la ducha caliente. ¡Machu Pichu nos espera y qué más da! Canto canciones tontas, hago monerías frente al espejo, bailo de frío y río de felicidad. Y hasta me parece que me pongo un tanto cargosa; pero qué más da.
Los tres secuaces de Doña Irene nos preparan la vianda y, cual colegiales en día de excursión, la aceptamos contentos antes de despedirnos de los perros blancos y partir en taxi rumbo a la estación del tren que nos llevará a Machu Pichu. Una vieja desdentada nos intercepta en el camino con gesto suplicante. El taxista le habla en quechua y le dice que no. Lo mismo ocurre con otro hombre que renguea por la ruta de montaña. Ambos querían llegar a la estación de Ollantaytambo antes del mediodía. Pero sólo llegamos nosotros. Y nos encontramos con otros miles de rengos y desdentados que, bebé, canasta y buena educación a cuestas, ruegan se les compren sus sombreros, cintos, carteras, rollos de foto, guisos de arroz, postales y chicharrones. Esperamos la llegada del tren. Las cabezas nórdicas asoman blancuzcas y ensombreradas entre la retacona multitud mercantil. Dicen no. Dicen no. Dicen no. Dicen sí. Pagan. Saludan en español de guía turística. Comen los productos con desconfianza. Y terminan exasperados por la insistencia de las moscas vendedoras que ya no saben cómo espantar.
Los niños juegan sin reparar en nada. Tienen la naturaleza pegada en las mejillas y los ojos límpidos. Me prendo en la belleza de un colorido bollito humano que emana inseparable de la espalda de su madre. Unificados en un mismo aire y un mismo paso.
Qué más da, qué más da, qué más da, me repito en la ducha caliente. ¡Machu Pichu nos espera y qué más da! Canto canciones tontas, hago monerías frente al espejo, bailo de frío y río de felicidad. Y hasta me parece que me pongo un tanto cargosa; pero qué más da.
Los tres secuaces de Doña Irene nos preparan la vianda y, cual colegiales en día de excursión, la aceptamos contentos antes de despedirnos de los perros blancos y partir en taxi rumbo a la estación del tren que nos llevará a Machu Pichu. Una vieja desdentada nos intercepta en el camino con gesto suplicante. El taxista le habla en quechua y le dice que no. Lo mismo ocurre con otro hombre que renguea por la ruta de montaña. Ambos querían llegar a la estación de Ollantaytambo antes del mediodía. Pero sólo llegamos nosotros. Y nos encontramos con otros miles de rengos y desdentados que, bebé, canasta y buena educación a cuestas, ruegan se les compren sus sombreros, cintos, carteras, rollos de foto, guisos de arroz, postales y chicharrones. Esperamos la llegada del tren. Las cabezas nórdicas asoman blancuzcas y ensombreradas entre la retacona multitud mercantil. Dicen no. Dicen no. Dicen no. Dicen sí. Pagan. Saludan en español de guía turística. Comen los productos con desconfianza. Y terminan exasperados por la insistencia de las moscas vendedoras que ya no saben cómo espantar.
Los niños juegan sin reparar en nada. Tienen la naturaleza pegada en las mejillas y los ojos límpidos. Me prendo en la belleza de un colorido bollito humano que emana inseparable de la espalda de su madre. Unificados en un mismo aire y un mismo paso.
Pregunto precios y me deleito cuando me llaman señorita, aunque sea con fines lucrativos. Señorita, compre, señorita, por favor, señorita, ayúdeme, se lo dejo baratito, señorita, por favor.
Y es ahí donde Señorita comete el grave error de posar sus ojos en una manta de alpaca. Porque dondequiera que vayan los ojos fisgones de las señoritas, estarán los ojos de lince de las señoras vendedoras. Listas para el acecho. Conscientes del interés y la tasa del dólar. Setenta y cinco soles, señorita, son veinticinco dólares, baratito, señorita. Alpaca pura, mire. Bien abrigada. Muy caro, señora, le digo. Entonces setenta, señorita. No, gracias; es caro (pero es suave y la toco y la vuelvo a tocar y me parece aún más suave). Sesenta y cinco, señorita. No, gracias, ahí viene mi tren. Debo irme. Señorita, por favor. Por favor, señorita.
Subo al tren con la manta de alpaca incrustada entre el deseo y la pena. Pero la billetera la tiene mi marido y yo pago el precio de la despreocupación económica: ¿la puedo comprar?
Ofrecele cincuenta, me autoriza. Asomo la cabeza por la ventanilla, del lado de la vía. Se me acercan cuatro vendedoras, pero ninguna es ella, la que yo quiero.
Y es ahí donde Señorita comete el grave error de posar sus ojos en una manta de alpaca. Porque dondequiera que vayan los ojos fisgones de las señoritas, estarán los ojos de lince de las señoras vendedoras. Listas para el acecho. Conscientes del interés y la tasa del dólar. Setenta y cinco soles, señorita, son veinticinco dólares, baratito, señorita. Alpaca pura, mire. Bien abrigada. Muy caro, señora, le digo. Entonces setenta, señorita. No, gracias; es caro (pero es suave y la toco y la vuelvo a tocar y me parece aún más suave). Sesenta y cinco, señorita. No, gracias, ahí viene mi tren. Debo irme. Señorita, por favor. Por favor, señorita.
Subo al tren con la manta de alpaca incrustada entre el deseo y la pena. Pero la billetera la tiene mi marido y yo pago el precio de la despreocupación económica: ¿la puedo comprar?
Ofrecele cincuenta, me autoriza. Asomo la cabeza por la ventanilla, del lado de la vía. Se me acercan cuatro vendedoras, pero ninguna es ella, la que yo quiero.
—Quiero a la señora de las mantas de alpaca.
—Ah, sí, la Pachita. Ya se la llamo, 'ñorita.
Pachiiiiiitaa, Pachiiiiiitaaaaa, Pachiiiiita. Pachita oye el llamado desde muy lejos y echa a correr por las vías arrastrando sus setenta años y su abultada mercancía.
Ahí viene, mirala, pobrecita, con tanto interés. Mira qué frágil es. ¿No te parece poco ofrecerle cincuenta? Es humillante. No, no lo es, me responde seguro y desafiante Él.
—Cincuenta y se lo compro, señora.
—No, señorita, con eso no gano nada, señorita, déme sesenta, por favor, que necesito.
—Cincuenta o nada.
—Sesenta, le estoy haciendo precio porque quiero comer, señorita. Por favor, señorita.
Ahí viene, mirala, pobrecita, con tanto interés. Mira qué frágil es. ¿No te parece poco ofrecerle cincuenta? Es humillante. No, no lo es, me responde seguro y desafiante Él.
—Cincuenta y se lo compro, señora.
—No, señorita, con eso no gano nada, señorita, déme sesenta, por favor, que necesito.
—Cincuenta o nada.
—Sesenta, le estoy haciendo precio porque quiero comer, señorita. Por favor, señorita.
La Señorita conmovida pasa el mensaje al portador de la codiciada billetera. Cincuenta, me responde desde el asiento. Sesenta, se planta Pachita. Cincuenta, insiste él. Y mi cabeza va del asiento a la ventanilla, de la ventanilla al asiento, en un ping pong sin vencedores ni vencidos. Transacción imposible, me convenzo, y comienzo a cerrar la ventanilla ante los ojos suplicantes de la arrugadísima Pachita, que se cuelga del tren y golpea el vidrio y me llama señorita y me grita desesperada con la voz quebradiza y vieja y pobre y fea y analfabeta y mendigante y desdichada y humillada e ignorante e inferior y desafortunada de la vida y pobre mujer y…
¿Y dónde carajo te quedó el corazón de hombre bueno con el que me casé, eh? Por diez miserables soles no le compras a esta pobre mujer, que puede ser mi madre o mi abuela o la tuya, y necesita vender porque si no, no come. Sos un despiadado, insensible, cruel, patán….
Dos lagrimones me tapan la boca y quedo callada mirando hacia abajo. Triste, culpable, mala... mala tan mala con estos pobres indios, que sin nosotros no viven.
Pachita no afloja. Camina por las vías hacia el frente del tren, y de allí al andén y de allí a la ventanilla donde yace firme la billetera que no se abre. Escucho voces que hablan, negocian, sí, no, sí, no. Presto poca atención porque estoy triste y no soporto más la iniquidad.
De repente, la tibieza de la alpaca se me sienta en las piernas.
—Aquí tenés. ¡Toda tuya! Tus lágrimas me conmueven más que las de Pachita.
— ¿Cuánto pagaste?
—Sesenta.
Sonrío burlona porque finalmente el débil le ha ganado al fuerte, el ignorante al que lo sabe todo. Siento justicia divina y sonrío.
De repente, la tibieza de la alpaca se me sienta en las piernas.
—Aquí tenés. ¡Toda tuya! Tus lágrimas me conmueven más que las de Pachita.
— ¿Cuánto pagaste?
—Sesenta.
Sonrío burlona porque finalmente el débil le ha ganado al fuerte, el ignorante al que lo sabe todo. Siento justicia divina y sonrío.
—¿Cuánto cuesta esta manta, señor?—pregunto. Es la misma exacta manta que me vendió Pachita, pero exhibida en un puesto de una reconocida feria turística.
—Cuarenta y cinco soles, señorita. Pero se la puedo dejar a cuarenta, si me la compra.
No, no hace falta. Ya la compré por sesenta soles a una señora que creí débil, ignorante e inferior porque no conocía la computadora ni la calefacción central. Una mujer que "sólo" sabe ganar impulso con el viento de la montaña y que, entre risas desdentadas e hilos de alpaca, sabe tejer a diario las ásperas artimañas de la supervivencia. Una mujer que sabe, más allá de mí. Y mejor que yo.