
Su última noche de amor.
Ella lo ve como la primera, cuando él se le acercó en el club y le pidió una pieza de baile.
Ella miró a su madre, que cabeceaba en la silla, y le dijo que sí.
Sí porque le gustó, sí porque sus ojos eran celestes y buenos, sí porque era mayor que ella, fuerte, apuesto y lleno de hombría.
Sí, padre, le dijo al sacerdote.
Sí, le dijo a los contratiempos y los problemas familiares.
Sí a la mala salud de él, a su genio impredecible, a sus arranques y silencios.
Sí a sus pies calentitos noche a noche, a los viajes por el mundo, al velero compartido, a la casa de la playa, al golf, las fiestas, el mar, las deudas, la quiebra, los hijos, los nietos.
Sí al amor y la fidelidad que él le juraba.
Sí a las bodas de oro y a no ir a la peluquería por no dejarlo solo.
Sí a sus caricias, a su veneración, a la vejez que los sentaba frente al televisor porque él ya no podía ir al cine.
Sí a los dolores de espalda por ayudarlo a caminar.
Sí a todo lo que fuera estar con él.
Tampoco esta noche lo dejará solo, aunque no le den los huesos y todos se retiren a dormir.
Se instala a su lado y lo admira sin pausa.
Si pudiera, se acostaría con él.
Cuánto te ha amado, repite bajito, mientras acaricia su piel helada y le besa los labios que la funeraria ha sellado para siempre, por cuestión de dignidad.
(Que descanses, tío querido)