8.6.06

Pequeña resurrección

Un día leí que existen dos tipos de muerte: la muerte física y la muerte social.
Morir físicamente no siempre es morir socialmente, y viceversa. Hay quienes quedan en la memoria del mundo de los vivos hasta mucho después de haber desaparecido corporalmente. Y hay otros a los que aún les late el corazón y, sin embargo, han dejado de tener un lugar en la sociedad. Ya nadie cuenta con su presencia, ni siquiera repara en ella.


Eulalio era amigo de la calle. La conocía de noche y de día. La caminaba solo o en compañía de algún perro vagabundo, con quien luego se sentaba a rascarse tesoneramente las pulgas. Eulalio llevaba la botella en el bolsillo interno de su sobretodo gris, y en una presilla del pantalón cojo se ataba el pañuelo beige con que limpiaba sus vómitos y sudor. La pierna que le quedaba desnuda se veía más negra que la otra, pero no tanto. Hacía tiempo que, entre los montículos de basura de la noche, Eulalio buscaba un sombrero. Parecía mentira que con todo el pelo que había tenido de joven, ahora se le congelara la sesera por la madrugada. Nunca se le ocurrió pensar que podría estar enfermo, ni tampoco calcular cuántos años tenía. Para Eulalio la calle no tenía ni almanaque ni rostros completos. Era difícil ver los ojos de las personas que caminaban a su lado. Tan pronto Eulalio los miraba, ellos bajaban la vista como si el suelo tuviera algo más importante que ofrecer. Y cuando Eulalio se detenía ante un semáforo, su presencia parecía un tornado que limpiaba la zona.

Eulalio había empezado a tener frío. Más frío que nunca. En la cabeza, en los pies, en las manos. El frío parecía venirle desde adentro y no abandonarlo jamás. Por la mañana, por la tarde, por la noche. El papel de diario ya no bastaba, tampoco la arpillera ni las mantas que le daban en el refugio. Aunque nunca fue amante de la luz, adoptó el hábito de sentarse al sol. Pasaba horas asoleándose en la entrada de una obra en construcción abandonada, frente a un taller mecánico cuyo dueño y único trabajador era un hombre al que todos llamaban Lalo. Junto al taller, había un terreno baldío y en la esquina, el galpón de una fábrica clausurada hace muchos años.

Lalo lo miraba desde la otra vereda. Lo miraba al salir y al entrar al taller o mientras arreglaba los autos en la sigilosa clandestinidad de la fosa. Lo miraba cuando bebía, a sorbos compulsivos, la grapa que marcaba el fin de su jornada laboral. También lo miró el día que se agarró a trompadas con un cliente, y quedó en el suelo con la nariz ensangrentada. Lalo lo miraba con ojos extraños, pero a Eulalio, de cierta forma, le gustaba que lo mirase. Era una provocación placentera.

Eulalio se instaló en el lugar y, al cabo de unas semanas, llegó a la conclusión de que el vehículo estacionado en la puerta de la fábrica clausurada estaba abandonado. Por las noches, el auto se quedaba tan sólo como él. Aparentemente había sido rojo, quizás treinta años atrás. Hoy su chapa lucía un horrible amarillo óxido, y el único asiento que le quedaba era un gran trozo de goma espuma con guiñapos de cuero negro. Ya no tenía volante, ni palanca de cambio ni espejos ni reloj. Pero su techo sin tapizado cubría a la perfección la friolenta sesera de Eulalio a la madrugada. Vamos a la cuna de metal, le ordenaba Eulalio al perro de turno. Y así, ovillado en el asiento y mirando la luna, se dormía Eulalio noche a noche, y a veces de tarde.

Hace cuatro semanas, Eulalio despertó sobresaltado con el ladrido del perro que yacía entre sus piernas. Al incorporarse, observó que Lalo se alejaba corriendo y supo que lo había estado espiando. Y aunque le peguntó desde la ventanilla si necesitaba algo, nunca esperó respuesta, porque Lalo jamás le hablaba, ni le hablaría.

Dos o tres días más tarde, Eulalio volvió a despertarse sobresaltado, esta vez por un extraño calor que se intensificaba con cada décima de segundo y se ensordecía con el aullido desahuciado de un perro en llamas. El fuego avanzaba brutal hacia la goma espuma del asiento, hacia el sobretodo gris y hacia el rostro apabullado de Eulalio, que pronto se desmayaría sin remedio y no llegaría a ver el camión de bomberos que vendría a rescatarlo, ni al policía que se llevaría esposado a un Lalo borracho y poseso que, con ojos desorbitados y pateando el bidón de combustible, vociferaba que "a estos vagos de mierda hay que matarlos a todos".

Eulalio tampoco llegó a saber que sus quemaduras de extremadísima gravedad se habían apoderado del 70 por ciento de su cuerpo y le habían comprometido las vías respiratorias. Pero eso lo supo media ciudad de Buenos Aires que, siguiendo el caso durante los diez días de la agonía, lo escuchó por la radio y la televisión y lo leyó en todos los periódicos. Muchas, muchísimas personas, hablaron del incidente. Hablaron de Eulalio, lo miraron a los ojos en la foto del diario y lamentaron profundamente su final. Pobre hombre, dijeron todos, y lo guardaron en su memoria.

2 comentarios:

liter-a-tres 3 dijo...

Triste historia, triste realidad, la de los agresores y los agredidos, infelices y marginados de todo.
No entiendo el papelón de los espectadores, incapaces de actuar cuando aún estaban a tiempo y sin embargo con la nariz pegada a las noticias después, mostrando interés cuando ya no se puede hacer nada.
Bueno sí, aprender. Pero me temo que les mueve otra curiosidad.

En fin, cuidate.

charruita dijo...

ups! que manera de decir las cosas!! Fuerte la historia pero fuerte la narración...
Escribís cada día mejor, son los buenos aires?
Sobre el contenido ni abro la boca, ya sabés lo que pienso. Tomá, te paso un mate con Yerba Brasilera sin Palitos...