14.6.06

Abrí los ojos y te ví...

(Texto escrito desde E.U.A., luego de una visita a mi ciudad )

El taxi avanza y me adentra en el bello remolino de una ciudad que huele a soberbia, incoherencia y café con amigos. Las esquinas llenas de graffiti, denunciando injusticias; atrocidades que en breve aceptaremos y pasaremos a olvidar. La emoción me recorre entera. Estoy en mi ciudad, mi ciudad de tango, cuero, desesperación y agobios compartidos. Buenos Aires melancólico, Buenos Aires de noches, risas, vino. El taxi rodea el obelisco, falo que nos eleva al cielo de nuestro ego, y continúa por la avenida 9 de julio, símbolo de la ancha inmensidad de nuestra idiotez. Los argentinos creemos que valemos, creemos que no creemos, pero creemos y seguimos. He ahí nuestro valor. El sabernos levantar.

Nuestra ciudad es coqueta y digna, como las damas que se reúnen a tomar el té por la tarde, ropa vieja y planchada, aretes y perfume imitación. Gente venida a menos, sueños de grandeza hechos pedazos. El panadero en la puerta de su negocio, comentando la miseria con el dueño del kiosco. Un jubilado bien vestido deambula por las veredas rotas arrastrando a duras penas un inmenso carro, donde despliega el fruto de largas horas de tallar madera. Percheros, ceniceros, toalleritos. “Le hago precio, déme lo que pueda, se lo envuelvo en papel de revista”, su voz quebradiza me llega por la ventanilla totalmente abierta porque el calor es asfixiante y no todos tienen aire acondicionado.

El coche desprende algo de humo, pero el taxista continúa inmutable. Como no quiero parecer quisquillosa, cierro las ventanillas, guardo silencio e intento confiar en su conocimiento del oficio. Mi mirada se pierde entre los edificios, los colectivos y los característicos rostros hispano-italo-indios de mis compatriotas, que he aprendido a distinguir en cualquier punto del planeta. El humo comienza a espesarse y es imposible no comentar que “el auto se ha recalentado un poco”. Pregunto si será necesario llamar otro taxi, aunque me apremia la hora y prefiero continuar en esta unidad la otra mitad del recorrido. “No, no se haga problema, en dos minutos lo solucionamos”, me responde el especialista en viajes urbanos, con destornillador en mano y cara de mecánico entendido.

Al descender, levanta el capó y comienza a dar golpes furiosos al motor, golpes que nuestros cuerpos acompañan rítmicamente gracias a la falta de amortiguación. Regresa aliviado y reiniciamos el viaje. Una, dos, tres cuadras. Nuevamente el humo, cada vez más negro, cada vez más espeso, cada vez más imposible de obviar. “Mamá, me parece que algo se quema”, afirma mi hijo con mucha inocencia y poca experiencia en desperfectos callejeros. Me invade el temor a morir carbonizada, pero lo disimulo. “¿Está seguro de que llegaremos?” “Si señora”, insiste el taxista, que ahora desciende con un martillo mayor y regresa con el rostro totalmente ennegrecido y la resignación de perderse un viaje largo y remunerativo.

En medio de quién sabe qué barrio de la ciudad de Buenos Aires, busco otra agencia de remises. Me han advertido que debo viajar únicamente en taxi conocido. Que me olvide de los viejos días de estirar el brazo para ingresar confiadamente a la cueva del primer techo amarillo que circula por la calle. El problema es que en este barrio no conozco a nadie, menos agencias de taxis. Me detengo ante un quiosquero que mordisquea la bombilla del mate mientras acomoda los chocolatines Jack junto a los turrones Arcor. Aquí a media cuadra hay una agencia muy confiable, me dice.

Lo que no parece demasiado confiable es la zona, pienso al entrar en la remisería, armamentada con dos hileras de grosísimas rejas que protegen el perímetro total del mostrador. La dueña me recibe amable desde la jaula de la flamante modernidad. Lleva tres pares de anteojos: los de sol, los delgaditos de la presbicia y otros que seguramente ha llevado siempre.

¿Tendrá algún vehículo disponible, señora?

De inmediato aparece el salvador, un árabe aún más exótico, que se pone de pie y procede a estirar la longitud de su cuerpo. Es obvio que hace rato que espera su turno de salir al asfalto, sentado en un diminuto banco. La señora tri-gafas también parece contenta de que haya entrado un cliente. Abre el candado de la jaula y se acerca a nosotros. Así, sin preámbulos de ninguna especie nos hace la pregunta más relevante que he oído jamás. ¿De qué signo son ustedes?

Y procedemos a contarnos las respectivas vidas, a partir del astro que guió nuestra entrada al mundo.

Así es mi Buenos Aires. Incoherente, improvisado y amigo.

4 comentarios:

PE dijo...

Muy lindo y muy cierto todo,salvo una cosa,Buenos Aires es todo eso,pero Argentina no es solo Buenos Aires.
No todo el pais es sobervio.Vivo en Buenos Aires pero el pais es mas grande de lo que muchos cren.
muy bella pluma.
besos desde lo lejano!

PE

Vico dijo...

Buena crónica Laura! Me gusta como la escribiste. Sobre el contenido prefiero no opinar.
Te mando abrazo.

MmdTh Alias Vane, Pao dijo...

Lau, como me gusta leerte, y a veces trato de imaginar como tu percepción capta algunas cosas!!! sera que a veces la distancia hace q uno vea mas???
besos!

MARIA DEL NORTE dijo...

Leerte puede ser un vicio, pero un vicio sano ...
existen los vicios sanos?
el final, esa pregunta del árabe te descoloca. Una imagina, en forma natural, que lo que demandrá es saber donde se dirigen. Pero, no, te da una sorpresa.
Conociendo y oliendo los paisajes contidianos en este bendito suelo, el relato es magistral.-