Te amo. ¿Nos casamos? ¡Dale! ¿Dónde? ¿Cerca de tu familia o de la mía? De ambas. Registro Civil aquí en Buenos Aires, con amigos, parientes, empanadas, vino y conga hasta que salga el sol. Dos meses después, iglesia en Nueva York para dejar contentos a los parientes aunque seamos ateos. Algo sencillo. Onda campestre, mediodía, carpa, jazmines y un buen disc jockey que suavice las patas y las lenguas duras. Atuendo informal para todos.
“Yo voy”, dicen algunos argentinos, todavía bendecidos por la farsa cambiaria del turco Menen. “Yo voy”, dice mi madre, con su amigota incluida. Mi hermano no puede ir y mi padre, no está invitado.
Los americanos son puntuales. La novia no. Llega a la iglesia media hora más tarde, porque en Argentina eso es fashion. En EEUU, algo así se tipifica como pecado capital. No matarás. No llegarás tarde jamás. El fotógrafo, con rigurosa puntualidad, capta en el video ojos indignados que van de la puerta de la iglesia al reloj del reloj a la puerta de la puerta al reloj. Pianista desesperada porque se le acaba el muestrario artístico. El elenco argentino ni se entera porque arriba tarde.
"¡Por fin llegó la novia! ¿De dónde era esta chica? De Brasil, me parece. No, Venezuela. Yo qué se. Ojalá tenga suerte mi sobrino. Ella parece simpática, ¡pero cuánto fuma! Esa de allí es la mamá y esos otros, amigos, según me han dicho. Son del país de ella. ¡Qué chicas tan bonitas! Qué flacas y qué bien vestidas. ¿Se sacarán la capelina para ir a la fiesta? Yo te aviso que me voy a casa y me pongo los short y las zapatillas. En la invitación dice atuendo
casual."
"¿Informal, pusiste en la tarjeta, hija mía? ¿En short? Perdoname, Laurita, pero yo no me voy a cambiar. Con lo que pagué por el vestido, me lo dejo puesto el día entero. Y tus amigos, seguro que tampoco harán esa ordinariez."
Mi madre tiene razón. Los argentinos se quedan enfundados en capelinas, sedas y corbatas, mientras que el otro bando opta por la practicidad del zoquete y la camiseta de algodón.
¡Digan whisky! Una foto, otra foto y otra más. Rápido que empezó a garuar. Uy, sonamos, va a llover nomás. Tormentas eléctricas, anunciaban. ¿Lo soportará la carpa que alquilamos?
Larga la música. Repertorio latino de los noventa. Macarena. Pechito con pechito, cachete con cachete. Sedas, capelinas y corbatas a bailar. A bailar, a bailar, chacachán chacachán. Giros, meneos, arrumacos, pechito con pechito, cachete con cachete. La pista se copa con el ejército celeste y blanco, siempre dispuesto a pachanguear. El bando contrario sigue los movimientos con ojos chispeantes y locas ganas de sacudir las cachas, pero todavía no. Necesita un trago más y tal vez otro. Ya está. Con resquemor y disimulo, uno a uno se deslizan por la pista, ladean la cadera, levantan los pies y cha ca chá cha ca chá. Pechito con pechito, cachete con cachete. ¡Per-fec-tou!! La pista bicultural late con ritmo latino, sonrisas cómplices y mudas, los meneos de un cura borracho (es el tío del novio, de confianza), el humo de mis cigarrillos y el compás de las gotas que amenazan con agujerear la lona de la carpa. Pero a mí no me importa, agradezco el diluvio, agradezco el momento y agradezco haberme casado con este hombre, que me hace sentir en las nubes. Bailo, bailan, bailamos, pechito con pechito, cachete con cachete sin parar.
Son las 11 de la noche. El disc jockey se tiene que ir. ¿En serio? Es que....lleva 9 horas aquí, ya le pedimos dos veces que se extendiera un poco más, pero….
Traigan un estéreo que seguimos, dice un argentino alcoholizado. ¡ESOU! responde mi flamante cuñado, colorado y sonriente hasta el tuétano. ¡Pechitou con pechitou! ¡The party goes on!
- Peggy y yo nos vamos, realmente estamos cansados. Fue un día muy divertido, pero largo para nuestro ritmo— me anuncia otro de mis cuñados, el más obediente. —Antes de irnos, queremos ayudarlos a acomodar todo.
—¿Todo qué?
—Las mesas, las sillas…
— Neeeee, ni te preocupes, Tommie. Lo hacemos mañana.
—¿A qué hora? Podemos venir a las 7 de la mañana, si quieren.
—No, no te aflijas—. Desde el rabillo del ojo, advierto que ha llegado el estéreo y siento que empiezan a cosquillearme los pies.
—Pero ustedes solos no podrán con todo.
—Y bueno, en todo caso le tiro unos dólares al tipo de la carpa para que acomode él— sugiero con mi mentalidad esclavista de todo por dos pesos.
Tommie se dirige a mi marido.
—Nosotros nos vamos, pero Laura me dijo que habían contratado a la empresa que les alquiló la carpa para que los ayude.
—No, que yo sepa, ellos no hacen eso. Mañana vienen a buscar todo temprano.
—Ah, en ese caso… ayudamos ahora.
Una intención lleva a la otra y nadie quiere pasar por haragán. Silla contra silla, mesa contra mesa, todo apilado, todo levantado en cuestión de segundos. En el estéreo se oyen los acordes de pechito con pechito y, a lo lejos, un borracho perdido baila solo, el muy zángano. Un auto me espera junto a la carpa para que no me moje las ampollas de los pies. El lugar está impecable y mañana no tendré que levantarme a las siete para venir a ordenar el hoy divertido caos de mañana (como en el festejo de Buenos Aires).
¡Pero se me acabó la fiesta!